ARQUITECTURA DE AUTOR

Jose María Sáez

 

Le habrá pasado. Invitado a una casa, ingresando a una tienda, saliendo a cenar con los amigos, o simplemente paseando por la calle: esa sensación de que el lugar en el que estamos no es como los otros. Que hay algo más. Algo que se sale de lo corriente, que no repite los lugares comunes de la arquitectura. Probablemente, detrás de esa impresión se encuentre lo que algunos llaman arquitectura de autor.

Es difícil encontrar una descripción exacta del término arquitectura de autor; mucho más fácil es señalar lo que no es. Desde luego, no es una arquitectura convencional. No hay arquitectura de autor si no hay un arquitecto atento, insatisfecho con lo que ya conoce y dispuesto a explorar caminos nuevos (o recuperar los viejos, actualizándolos). No la hay sin la búsqueda de un mundo propio, de una expresión formal nueva, más satisfactoria. Más capaz de ofrecer respuesta a los cambios de la sociedad.

No es tampoco una arquitectura de imagen. Como en cualquier forma de expresión, la literatura, el cine, o la música, hay obras verdaderamente valiosas y hay obras sin contenido envueltas en ropajes brillantes. Las que tienen realmente algo que decir y las que se apoyan en ejercicios de maquillaje, o repiten un recurso hasta convertirlo en cliché. Como para todo, el mejor crítico de arquitectura es el tiempo; únicamente lo que a través de los años se mantiene vigente y continúa manteniendo su fuerza inicial puede considerarse creación genuina. La arquitectura de autor solo transciende si a través de su singularidad (la del autor, la del momento) es capaz de traducir elementos universales: los de una época o una sociedad, los de usted y los míos.

No necesariamente la arquitectura de autor es sinónimo de arquitectura cara. Es cierto que las casas que solemos ver en las revistas se vinculan con frecuencia a un nivel de vida inalcanzable para la mayoría de nosotros. Sin embargo, la arquitectura de autor también puede reconocerse en la esencialidad de los objetivos, en el rigor de la toma de decisiones, que no pueden ser sino resultado de una delicada interpretación del contexto, del usuario, de los materiales, de la luz. Un joven arquitecto chileno, Alejandro Aravena, señalaba que si en el primer mundo puede darse el todo vale, en un contexto como el nuestro el no todo vale es un valor, que nos obliga a concentrar nuestros recursos en lo realmente importante. Comparar el Museo Guggenheim de Bilbao del norteamericano Frank Gerhy (con su complejo y muchas veces arbitrario mundo de formas) y las construcciones simples y poéticas de Luis Barragán en México, puede ilustrar perfectamente este punto.

Es la generación de un orden personal, de un mundo propio, la que permite reconocer la arquitectura de autor, y la que consigue, si es capaz de conectar con las aspiraciones de unos individuos o de una colectividad, que sus obras nos impacten, nos conmuevan o nos permitan reconocernos en ellas. Pero de pronto tocáis mi corazón, decía Le Corbusier: eso es Arquitectura. Y lo que el gran arquitecto suizo proclamaba no era sino la constatación de que se puede superar el contexto cotidiano y volver los ojos a ese entorno artificial que permanentemente nos rodea y que nos hace la vida más fácil, o más compleja, o más indiferente.

Cliente y arquitectura

Claro que no siempre el cliente busca en la arquitectura de autor un concepto vital o filosófico. Desde la necesidad de una imagen de marca, que facilite la buena marcha de un negocio, pasando por el prestigio social o la necesidad de llamar la atención, de estar a la moda, hasta la inversión pura y simple. Como sabrá cualquier empresario, el diseño ofrece una alta plusvalía a los objetos, y la construcción no es ajena a este enunciado.

Sin negar validez ni legitimidad a todas estas motivaciones, ninguna combinación es tan explosiva como la de un cliente que busca para él, para su propio disfrute, ese algo más, y un arquitecto que sea capaz de interpretar esas aspiraciones y las convierta en forma construida. La historia de la arquitectura está marcada por estos encuentros afortunados, en los que el mundo propio del cliente y el del arquitecto se fusionan, se re-alimentan, para generar una lógica común. La famosa Villa Mairea, una de las viviendas emblemáticas del Movimiento Moderno, no habría sido posible sin esta química compartida. Maire y Harry Gullichsen, diseñadores y fabricantes de muebles, participaron intensamente con el arquitecto Alvar Aalto en el diseño de su propia vivienda, y esta colaboración marcó en la trayectoria del creador finlandés lo que sería después su trabajo en madera y su arquitectura humanista, vital.

No es casualidad que para señalar las relaciones más intensas entre arquitecto y cliente se emplee como ejemplo una vivienda. En esta conexión entre arquitectura y vida, la vivienda ocupa el campo de juego por antonomasia. Los antiguos romanos denominaban a sus casas domus, que en latín significa dominio. Y es en nuestro dominio, en el mundo que acepta nuestras leyes y se hace habitable, donde reflejamos nuestro propio orden, nuestras ideas y deseos más íntimos, nuestra visión de la vida. El encuentro de un arquitecto autor y un cliente con una visión clara de su propio entorno ofrece la oportunidad de realizar el sueño de Le Corbusier.

Las personas que saben cómo quieren vivir solo necesitan reconocer esos sueños materializados por un arquitecto. Y vivir la construcción y la búsqueda de esa materialización paso a paso, con sus dolores y sus momentos de éxtasis, como en un parto que nos hace sufrir (a veces la comparación es dolorosamente exacta) pero nos colma.