VIVIR EN EL CENTRO HISTÓRICO
Jose María Sáez


En otros lugares del mundo se realizan esfuerzos gigantescos
para que los habitantes regresen a vivir y revitalicen
unos centros históricos convertidos en museos o en centros de servicios.


Que el Centro de Quito es un centro vivo, lo sabe cualquiera que haya pisado sus calles. Comercio, instituciones, colegios, iglesias, más de 300 000 personas transitan diariamente por esa telaraña de actividades y urgencias que es el corazón de la ciudad.

De todos ellos, solo 80 000 residen en su área. Una cifra mucho menor, menos visible, y sin embargo esta actividad silenciosa es una bendición real: ningún centro de ciudad es sostenible si no está habitado. Simplemente, no funciona. Esto lo saben bien en otros lugares del mundo donde se realizan esfuerzos gigantescos para que los habitantes regresen a vivir y revitalicen unos centros históricos convertidos en museos o en centros de servicios.

El Quito patrimonio, el que nos enorgullece, el que tanto esfuerzo ha hecho para rehabilitar y conservar sus monumentos, es también un centro habitado. No está de más recordar que de las alrededor de 4 000 edificaciones del Centro Histórico, la gran mayoría son (o fueron) edificación residencial. Y que de esa mayoría, un alto porcentaje está en malas condiciones. Mientras que el esfuerzo para recuperar o consolidar la edificación monumental está enormemente avanzado, para el resto, ese gran resto, todavía solo se han dado los primeros pasos. Pocos, pero importantes, porque de la rehabilitación física de esa innumerable cantidad de edificios residenciales del centro y de la capacidad para mantener a sus habitantes o incorporar otros nuevos depende la propia supervivencia del Centro Histórico de Quito como patrimonio vivo.


Un poco de historia

En la década de los ochenta se dan las primeras intervenciones concretas con el objetivo de mejorar las condiciones de habitabilidad de los residentes en el centro. Con la rehabilitación de la Casa de los Siete Patios, en la calle Rocafuerte, el Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural (FONSAL) y la Junta de Andalucía dan el primer botón de muestra de una rehabilitación integral desarrollada en el campo de la vivienda. Ampliamente señalada como una intervención emblemática, consigue el doble objetivo de realojar a los residentes y rescatar para la ciudad un inmueble en estado ruinoso. En fecha más reciente la Junta de Andalucía repite jugada, en la misma calle, con la Casa Ponce, en estos momentos a pocos meses de ser ocupada.

Posteriormente a la experiencia de los Siete Patios, el FONSAL y la ONG francesa Pact-Arim rehabilitan la casa 508 de la calle Caldas, de nuevo con vocación de alojar a la población de inquilinos y convertirlos en propietarios de sus departamentos. Intervención más mesurada que su precedente en la Rocafuerte, parte de la intención de ser replicable, como de hecho fue. Con la intervención de la Empresa del Centro Histórico y el Ministerio de Vivienda, y a través de un sistema de financiamiento que permite reaprovechar en parte los recursos invertidos, en este momento prácticamente la totalidad de las viviendas de la calle han sido rehabilitadas y se encuentran ocupadas por sus nuevos propietarios.

El Municipio, a través de la Unidad de Suelo y Vivienda, continúa en este momento apoyando este proceso con el programa “Arregla tu casa”, que permite ofrecer créditos a los propietarios para la adecuación de sus viviendas en el centro.

El impulso rehabilitador de las instituciones públicas tiene su continuación, y su contraparte, en las iniciativas privadas para vivienda. A la labor pionera de particulares que deciden rehabilitar edificios para vivienda propia, se añade, de forma incipiente, la apuesta de rehabilitar edificios del centro histórico para su posterior comercialización. Entre los primeros, el pintor Jaime Zapata se atreve a trasformar los interminables espacios de una fábrica de fideos en San Marcos, para convertirlos en su vivienda-taller. Y quien les habla, junto a Mónica Moreira, que desde 1996 habitamos en la calle Galápagos, en una casa-patio de sencillez casi rural que nos permitió descubrir la belleza de lo simple y de los materiales desnudos, y que seguimos recuperando y reinventando a lo largo del tiempo.

Entre los segundos, aparece una nueva generación de profesionales que adquiere, rehabilita, comercializa (y en algunos casos ocupa como residente) edificios del centro histórico. Así ocurre en la casa 954 de la calle Olmedo, en pleno centro de Quito, bajo la iniciativa de la economista Paulina Burbano y los arquitectos Luis López y Pedro Jaramillo. Todos ellos relacionados con la rehabilitación de vivienda social de la calle Caldas, en esta ocasión buscaron una oferta diferenciada, de una mayor calidad en la realización, y desde la perspectiva del potencial inmobiliario de la rehabilitación de vivienda en el Centro histórico. En este momento un ejemplo materializado de lo que puede ofrecer el centro histórico, el coraje que mostraron para abrir nuevos caminos tuvo su espaldarazo con el reconocimiento obtenido en el Premio Ornato del año 2002 y, más significativamente aún, en la venta de los departamentos, que confirmó la existencia de un colectivo de usuarios deseosos de incorporarse a este centro vital de la ciudad.
Veamos qué opinan estos nuevos habitantes del centro de Quito.

Patricia Arango, colombiana, 32 años, arquitecta
“Este es el lugar donde queremos vivir”

Lo primero que sorprende en la vivienda de Patricia y su esposo es la inmensa altura, que aprovecha la cubierta a dos aguas del último piso del inmueble, y el protagonismo de un espacio único de enormes dimensiones. Excepto los baños, la única compartimentación interior es un muro incompleto que separa la zona de dormir de la social. No hay puertas, no hay tumbado, no hay tabiques, no hay cortinas, no hay más que los gruesos muros, las vigas de madera desnudas y las ventanas alargadas, enmarcando la vista de las cúpulas de las iglesias de Quito. El espacio para una pareja, en el que la privacidad interior se vuelve innecesaria.

“Va a ser muy difícil que volvamos a espacios normales” confiesa Patricia. Ella vive con su esposo, Michael Bodenhorst, quiteño, productor de medios audiovisuales. “Fue un cambio rotundo, nosotros veníamos de Cumbayá. Nos venimos porque el Centro Histórico es la única área de la ciudad con carácter. Todo es a escala humana, las calles son para caminar. Y uno se mueve más rápido a cualquier sitio de la ciudad.”

Lo que más destaca Patricia es la convivencia con los demás vecinos del edificio de la Olmedo. “En el norte solo te ves con los vecinos en el ascensor, no te enteras ni de las emergencias. La casa nos ha vuelto muy sociables.” “El centro ha mejorado muchísimo: la reubicación del comercio minorista, la mejora de la basura, el tráfico. Ahora hay un interés más generalizado en la rehabilitación.” Ella misma colabora en esa recuperación: en este momento trabaja en el acondicionamiento de un inmueble del centro histórico, a una cuadra de su casa. Y concluye con un afirmación rotunda: “Al centro no le veo absolutamente nada malo”

Pablo Iturralde, quiteño, 32 años, diseñador.
“Llevo un año aquí y ahora el norte me parece lejano”

Se siente el entusiasmo cuando Pablo expresa su percepción del centro. “Hay mucha más vida, hay contacto, grito; hay una vida de barrio que ya no se encuentra en otras zonas de la ciudad. En el norte hay miedo al otro.” “ Aquí se siente el quiteñismo, y yo quiero estar en Quito, no en un Miami pobre”, manifiesta apasionadamente. “No hay estrés viviendo en el centro: todo se hace a pie, todo está cerca, los bancos, el pago del agua, las farmacias... Al ir andando se pasea, se compra, se aprecian los detalles.”

“El desorden tiene su gracia”, señala en referencia a la actividad callejera. Y esa fascinación por el bullicioso entorno de la calle contrasta vivamente, quizá complementándose, con el silencio interior de su vivienda, donde vive con su novia Stefanía. Una caja blanca, abstracta, inundada de luz, un espacio continuo de relaciones visuales. La cocina, abierta, blanca, mínima; el suelo de bambú claro, exacto en sus cortes, todo parece contagiarse de la misma abstracción y pulcritud. Destacando en la blancura de este fondo, un puente elevado entre dos plataformas, de madera de chonta, negra, severa, subraya las generosas alturas.

Resolviendo quizá esta contradicción entre control y desorden, entre vivencia interior y exterior, nos habla de la noche, cuando en el espacio público la actividad cede el paso a las veredas y las calles vacías. “Es como si se fueran de la casa de uno, un desahogo. Cuando se va la gente, la calle queda calientita. Se siente el fantasma.”

También hay dificultades. El smog, detectado en el polvo de la casa o al respirar en las horas punta, la suciedad en las calles, la falta de servicios de diversión, especialmente en la noche. Sin embargo, enfatiza, no es cierto que el centro sea un lugar inseguro. A pesar de las resistencias y los prejuicios, para Pablo, el centro se comienza a entender: “Al principio, las visitas no quieren venir. Pero cuando vienen, ya no salen”


Pedro Jaramillo, ambateño, 47 años, arquitecto
Paulina Burbano, quiteña, 37 años, economista
“Queremos que nuestros hijos tengan referentes culturales”

El departamento de Paulina y Pedro corresponde a las necesidades de una gran familia (cinco niños, en edades que oscilan entre los diez y los seis años). Se articula alrededor de un patio con galería, que distribuye las diferentes zonas de la casa. Las grandes alturas bajo la cubierta permiten altillos en los dormitorios de los niños, o toda la altura libre en las zonas sociales. El dormitorio principal se eleva sobre el resto, coronando la vivienda y asomándose al patio general del edificio y a las vistas sobre Quito. Y desde aquí, entablar conversación con el resto de vecinos, la galería de madera de Patricia al frente, la larga terraza cubierta de Pablo a un costado, como un pequeño teatro cotidiano.

Para Pedro, después de vivir 10 años en París, es importante buscar el ambiente urbano que se vive en las ciudades europeas: las veredas, las tiendas, los espacios públicos. “Bernardo, a sus 10 años, es el niño que más referentes ciudadanos tiene en su escuela. Cuando se habla de la Plaza Grande, del presidente, de las iglesias, de Picasso, de los barrios, el los conoce directamente a través de la ciudad.” Los niños juegan en un ambiente de seguridad, en el patio colectivo, alrededor de la pileta, siempre arropados por la estrecha relación de vecindad con los otros propietarios de la casa.

Más difícil parece mostrarse la relación hacia fuera. “El espacio público del centro es de todos y no es de nadie: por eso se parquean en cualquier sitio, se orinan en la calle, tiran basuras. Hay permisividad en el control del uso del espacio público, todavía no está bien gestionado. Y hay también un problema de cultura de uso del centro.” “ No es que busquemos que el centro sea como uno quiere, no se puede pedir una sola norma cuando hay una diversidad de gente como la que existe en el centro. Pero sí se puede exigir el respeto por los demás.”

Como mentalizadores de la rehabilitación del edificio, recuerdan las dificultades iniciales para vender sobre planos. “Fue difícil vender, no se decidían. Mi papá fue el primer escéptico, prefirió comprar en otro lado y ahora tiene el mayor arrepentimiento del mundo” recuerda Paulina. “En este momento hay más especulación que oferta y demanda real, no hay todavía un mercado inmobiliario evidente. Pero para dentro de algunos años, el centro tiene todo el potencial del mundo.”

“Como negocio, aquí se encuentra todo. Un domingo, a las nueve de la noche, Bernardo recordó que necesitaba para su colegio unos cromos de cantones y parroquias. Salimos a la calle y a dos cuadras encontramos una papelería abierta donde lo vendían. ¿En qué otro lugar de Quito podría pasar lo mismo?”